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Video: El Universal, una historia contada desde adentro

Desde hoy los cartageneros podrán conocer, a través del video sobre el diario El Universal, otras noticias de esta historia, aún desconocida.

Es difícil ver el secreto resplandor de los tesoros de la heredad en más de setenta años que tiene el diario El Universal, en cuyas páginas fluye como un río incesante el oleaje impetuoso de la historia de todos los días de Cartagena de Indias. Desde este martes de noviembre con soles y vientos que auguran la música de diciembre, comenzará a divulgarse por redes y medios, un video sobre este periódico que ya ha escrito capítulos dorados de la historia regional y nacional. El video es un viaje en el tiempo pero, a su vez, es un testimonio contemporáneo de una vocación delineada con obstinación por Domingo López Escauriaza, en aquellos meses inciertos y atormentados de 1948 en que se desangraban los colores de las ideologías, entre azules y rojos en el país, y se derramaba otro océano de fatalidades y violencias entre el Caribe y el Pacífico. El video con guion e investigación del joven periodista Ricardo G. Stand, y dirección de cámara, montaje y edición de César Rico Rojano, logra en solo diez minutos contarnos una historia que de tanto contarse sigue revelando sus intersticios más secretos y humanos.

Si se devolviera la manivela del tiempo hacia los crepúsculos de 1948, aquel hombrecito curioso y singular de saco y cigarrillo, boina vasca, y conversación aguda y embrujada, el primer jefe de redacción del diario, el sabio sanjancintero Clemente Manuel Zabala; suspendía con rigor y devoción la tarea cotidiana para que sus redactores se asomaran en un tris de tiempo, a ver el efímero crepúsculo de oro que alumbraba las cúpulas de San Pedro Claver y levitaba las hojas blancas de tamaño oficio que parecían salpicadas del rocío del viejo teclado de las máquinas de escribir y de los ardientes linotipos. Entonces aquel instante era un privilegio de la estética. Zabala buscaba que sus jóvenes periodistas y reporteros salieran a ver el crepúsculo que se escapaba en segundos y dejaba un resplandor en la sala de redacción, entre los que se encontraban un muchacho flaco de dientes amarillos de tanto fumar que escribía a escondidas por las noches o las madrugadas una novela en la que cupieran todos sus recuerdos de infancia. Lea aquí: El Universal: historias a vuelo de pájaro

Video: El Universal, una historia contada desde adentro

También estaba un muchacho fornido, alto, que, además de escribir y pintar, era el que mejor sabía describir las cosas y los seres con cuatro y hasta cinco adjetivos, sin que ninguno se repitiera. Tenían un amigo con cara sacerdotal que en algún momento quiso ser cura, que leía el mundo griego y escribía también a escondidas unos versos. Y tenían otro amigo que ya había escrito su primera novela sobre los arroceros del Sinú y las tierras destronadas de los antiguos zenúes, y estaba obsesionado por ir tras las huellas de los africanos en América y en Cartagena. También entre esos amigos estaba un estudiante de Derecho a punto de graduarse que opinaba de política y literatura mientras se rayaba el coco de los almuerzos, y otros tantos amigos casi invisibles que forjaron la edad de oro de Cartagena en aquellos años finales del cuarenta y comienzos de los cincuenta. El muchacho fornido que se parecía a su nombre, Héctor Rojas Herazo, decía que Zabala era uno de los poquitos ejemplares de Selección de la Colombia de entonces.

Pensar que ese sabio sanjacintero que le enseñó las primeras perplejidades de reportero al autor de Cien años de soledad viajó en mula con su biblioteca desde San Jacinto hasta Bogotá.

“Hombre de severas disciplinas mentales, Zabala ha sido el fecundo y silencioso mentor de varios temperamentos claves en nuestro país. Ha sabido enseñar con el carácter, con la dignidad de su alma, con el radioso ejercicio de su inteligencia. Es un esteta. O lo que es lo mismo, un hombre que antepone el ejercicio de la belleza a todo señuelo terrenal. Su vida ha sido, por esto mismo, una ofrenda permanente, un lujoso regalo de su patrimonio interior”. Le recomendamos leer también: Gabo, el genio que dormía sobre rollos de noticias

Pensar que ese sabio sanjacintero que le enseñó las primeras perplejidades de reportero al autor de Cien años de soledad viajó en mula con su biblioteca desde San Jacinto hasta Bogotá, a estudiar derecho, y fue confidente y amigo cercano de Jorge Eliécer Gaitán, del sabio catalán Ramón Vinyes, del poeta colombiano Porfirio Barba Jacob, del novelista Eduardo Zalamea Borda, amigo de los Gaiteros de San Jacinto, de Crescencio Salcedo y de los juglares del Bolívar Grande y del Magdalena. Violinista secreto y políglota, Zabala soltaba su lengua prodigiosa con dos o tres cervezas bebidas a pie en el viejo mercado público de Cartagena. Pero mantenía en la sala de redacción un silencio que alumbraba a todos. Era que llevaba en el rostro y en los ademanes los íntimos y mágicos alfabetos del alma. Y no requería hablar mucho. Cuando corrigió la primera columna del futuro Premio Nobel de Literatura, la que se publicó el 21 de mayo en la página cuarta, subrayó con su lápiz rojo las palabras certeras que debían seguir viviendo más allá de la escritura. Ese discreto sabio había leído con rigor a Joyce, Virginia Woolf, Faulkner, Whitman, entre otros, y pregonaba con León Tolstói, quien conocía la aldea en profundidad podía describir el corazón del mundo.

Es un esteta. O lo que es lo mismo, un hombre que antepone el ejercicio de la belleza a todo señuelo terrenal”.

En toda esta historia hay una herencia en la que lo intangible compite con la grandeza de lo real. El periódico se convirtió sin proponérselo en una escuela de cronistas y escritores de ficción, y en un laboratorio de escritura para contar con mejores herramientas la realidad escurridiza que nos embiste con impiedad cada día. El video que hoy puede compartirse nos revela algunos rastros de esta herencia, en este tiempo en que una nueva generación de periodistas de veinte o treinta años, construye su destino, a veces, sin saber que existieron en el pasado cercano y lejano criaturas prodigiosas como Zabala, ese hombre que solía reunirse en el patio con los gaiteros a celebrar la vida. Y la muerte lo encontró tocando un violín y traduciendo un libro en su hamaca.




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