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Soy adulto, si en buseta solo monté: homenaje al medio de transporte

Anécdotas de cartageneros que narran aquella vez que dieron un paso a la adultez con su primera vez en buses.

Escribir un especial dedicado a los fieles lectores requiere de un compromiso con la investigación, con el lenguaje, sobre todo con la historia. Por lo tanto, los temas que salen todos los domingos son dialogados, debatidos, pensados para educar o evocar. Yo decidí rememorar y homenajear al bus o buseta, cuando leí el interrogante que planteó Kike Sierra en X (antes Twitter). Decidí dedicar estas letras al medio de transporte que tantos sentimientos despierta en el ser humano, pero como cada día su extinción es inminente, hablaré en pasado.

“¿A qué edad subiste por primera vez solo en una buseta en Cartagena? ¿Recuerdas cómo fue?”, interrogó Kike Sierra, ilustrador, director creativo de Cartagena Gráfica y profesor de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Lea aquí: Distrito busca actualizar los recorridos de las busetas en Cartagena

La buseta, el bus, paraba donde usted quería o necesitaba. Lo podía dejar en la esquina de su casa o en la puerta, que era mucho mejor y seguro. Llegaba -y las pocas que hay llegan- a la Cartagena que no conoce el pavimento y donde los vecinos cocinan en la mitad de la calle. Si usted deseaba conocer la ciudad, en todo su esplendor, debía montarse en este medio de transporte.

Decidí revivir el tiempo, las emociones y las historias que nacen en el largo vehículo, bajo la ‘lata’ rodante. Allí habitaba un lado humano que el Transcaribe jamás podrá imitar o reemplazar, se movían hilos humanitarios, bajo el mando del ‘sparring’, que muchos han olvidado.

Las busetas siguieron su camino a un lugar con un letrero grande y desde lo lejos se lee ‘descontinuado’, dejando botadas las memorias que resguardan los cartageneros y que hacen parte de su identidad. Lea aquí: Las Power y el Embrujo Verde, así eran las busetas antes de Transcaribe

“Me tocó solo a los 7 años y recuerdo que mi mamá me decía que nunca me sentara en el último puesto ni en el primero y que no diera más de 200 pesos”, contó un cartagenero.

Los consejos de las madres, seres superiores que tienen parte de la verdad absoluta, eran y son esenciales para madurar. Antes de salir se da la bendición, algunas desplazaban su mano de arriba a abajo y de izquierda a derecha; para otras el poder estaba en las palabras “Mij@, que Dios me lo bendiga y me lo traiga con bien”. Los padres y hermanos mayores eran cortos y concisos: “Esté pilas”, “está en la juega”, “cuidado y da papaya”.

“La vieja Rosa me subió a los 8 años en el paradero de Los Calamares para ir hasta Comfenalco con todos los niños que iban al colegio. No se preocupó porque el bus siempre se llenaba de estudiantes. Pero sí me dijo que estuviera pilas. El desorden era interminable”, relató un cartagenero.

Si usted quería ser invitado a la mesa de los adultos, debía y tenía la obligación de contar la historia de su primera vez como usuario del bus o de la buseta. No importaba la edad, la única credibilidad era esa anécdota que lo acreditaba como un ser humano autónomo e independiente, capaz de sobrevivir y sobrellevarlo todo. Lea aquí: Dudas ante estudio que busca actualizar recorrido de las busetas

A muchos cartageneros de sangre y corazón les tocó dar este paso desde la niñez, a la mayoría desde su adolescencia y un grupo más pequeño, -claramente sacando a la generación que vivió la transición con el Transcaribe-, esperó hasta los 17 o la mayoría de edad, para enfrentarse solo a este medio.

“A los 11 años, nadie me podía recoger del colegio un sábado (yo tenía ruta de lunes a viernes), así que tomé una buseta de Zaragocilla en lugar de un bus. La idea era bajarme en el mercado y terminé en Bocagrande asustada. El conductor me subió en otra buseta y llegué a mi destino”, narró una cartagenera.

De las cosas que más nervios generaba era la figura del ‘sparring’ al momento de cobrar el pasaje, despistarse y pasarse del lugar de destino, claramente, comunicarle al conductor que por favor detuviera la marcha porque necesitabas bajar del vehículo. Solo hay una manera de decirlo, solo hay una manera de llamar la atención del jefe del bus. Solo debes decir -en realidad gritar- “parada”.

“Un rolo de 13 cogiendo buseta en Cartagena. Por supuesto no encontré el botón para anunciar mi parada, una señora vio mi cara de pánico y gritó por mí, “PARAAADAAAA”. Ojalá esté bien esa señora tan amable”.

No importa la edad que tengas, si era la primera, segunda o tercera vez, la pena, también llamada vergüenza, de captar la atención de todos, que solo debería ser la de quien maneja, era latente. Pero en la buseta siempre ibas a encontrar a los veteranos, las voces de autoridad, las que eran capaces de pelear con el conductor por no escuchar la demanda que hacía el novato. Lea aquí: El Educador: “Las busetas pasaban cada 2 minutos, un alimentador el triple”

“A los 23 que estaba en mi primer empleo en Cartagena, muy chistoso, uno buscando el botón del timbre y el bus alejándose del destino... y uno diciendo en el más puro cachaco señor, ¿es tan gentil, me deja por aquí?”... Hasta alguien más grita ¡PARADA! A todo pulmón...”

Sin querer queriendo, la figura del ‘sparring’ se vuelve protagónica en la existencia de este medio de transporte. La ruta no podía salir sin la presencia del ser que lo era todo, comediante, abogado, juez, contador, cobrador, psicólogo, sobre todas las cosas, un amigo más. Él jugaba tetris con los pasajeros, apelando a la piedad y la misericordia de los pasajeros que iban de pie. Para él era inconcebible que los pasajeros no desearan colaborar con la causa porque todos merecían llegar a su lugar de trabajo o su hogar, sin importar que la mitad de su cuerpo viajará por fuera del bus. Donde caben dos, entra toda la ciudad.

“Tendría como 8 años, mi hermano no pudo pasar a buscarme al colegio. Me subí en la buseta y con toda la pena del mundo pagué con una moneda de 100 pesos”. El cartagenero aseguró que el pasaje, en aquella época, costaba 1.000 pesos.

Gracias, cartageneros, por compartir con nosotros ‘su primera vez en bus solos’; es para quien escribe y lee saber que no está sola y sentir que alguien más vivió lo mismo. Felicidades, cartagenero, por guardar aquellas memorias que forjan carácter. Qué pena con los cartageneros que se perdieron la dicha de levantar el brazo y ondearlo para detener el bus, y gritar “parada” para poder pisar tierra firme.

“De las primeras veces, aprox. 13 años; yendo del colegio a la casa, cogí la buseta que no era, llegué hasta el turno donde me tocó esperar a que el chofer almorzara y de regreso me bajé en una parte que sí conocía y caminé hasta la casa (más de 30 minutos a pie). Nunca le dije a nadie”, reveló un cartagenero.

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