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Roberto Burgos Cantor, el gran escritor cartagenero

Pensé que alguien nos quería hacer la más terrible de las travesuras.

Que el mejor escritor cartagenero muriera del corazón en la noche de ayer martes, a sus 70 años, en la Clínica Marly de Bogotá, es una infamia. Es un error de Dios.

Las ceibas de la memoria no mueren jamás, y él lo era. Era el más tibetano de los escritores del Caribe, con una serenidad de monje oriental,  austero, con una disciplina espartana en la escritura, con la parsimonia en el hablar, con una serenidad saboreada en pausas y en su ingeniosa manera de mirar lo que le rodeaba, con una delgadez cultivada en la discrección ante las tentaciones del mundo. Y se nos muere del corazón.

El Caribe y Colombia están de duelo por la partida de Roberto, quien hace poco ganó el Premio Nacional de Novela del Ministerio de Cultura, con su novela ‘Ver lo que veo’ (2017).

Su última columna en el diario El Universal, del sábado 13 de octubre, sobre el tren de Cartagena a Calamar, celebraba la aparición del libro del historiador Javier Ortiz.

Roberto Burgos Cantor había regresado recientemente del Caribe, en donde participó en una feria del libro en Barranquilla.

“Lo vi muy bien, y conversamos recientemente”, dice el poeta Miguel Iriarte, quien lo invitó a participar en una edición especial de la revista Viacuarenta, sobre El cuento del Caribe. No alcanzó a enviárselo, pero le dijo que le llegaría.

El historiador Moisés Álvarez Marín, “el archivero del reino”, como lo llamaba Roberto, dice que “después de García Márquez era el escritor más importante y representativo de Cartagena”. Está paralizado y consternado con la noticia. “Estoy escribiéndole a Alfonso Múnera para decirle”.

En la conversación del 26 de julio de este año, con la alegría de su premio, recordó que hacía medio siglo había publicado su primer cuento ‘La lechuza dijo el réquiem’, en 1968, en la revista Letras Nacionales, dirigida por Manuel Zapata Olivella.

Dijo: “Es un año de celebraciones”. También recordó que eran sus 70 años de vida, y al decirlo evocó a Borges sobre esa edad: “A esta edad ya uno sabe lo que pudo hacer y lo que no podrá hacer”. Lo dijo con un tono calmado y clarividente.

Contó que estaba releyendo los cinco  tomos de ‘En busca del tiempo perdido (La prisionera)’, de Marcel Proust, y las novelas de William Faulkner: ‘¡Absalom, Absalom!’ y ‘Luz de agosto’, pero en el arduo y disciplinado camino de las relecturas, siempre tenía un poeta a la mano: Saint John Perse, Aimé Césaire, Derek Walcott.




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