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Adiós a Adolfo Pacheco, el juglar eterno

Adolfo Pacheco (San Jacinto, 1940- Barranquilla, 2023)), era el juglar ilustrado del Caribe colombiano y uno de nuestros clásicos de la música de Colombia.

La hamaca se mece desde el Cerro de Maco en el corazón de los Montes de María, y seduce con su música al mundo entero. En esa hamaca tejida como un arco iris viaja Adolfo Pacheco desde la madrugada del sábado 28 de enero de 2023. Lea aquí: Adiós a Adolfo Pacheco: los mensajes tras la muerte del juglar

Su voz de monte acariciado por el rocío del amanecer evoca a su abuelo que tocaba el tambor de la gaita. El abuelo lo descubrió a él una mañana a sus cinco años tocando los fitocos de papaya a los que había agujereados para convertidas en gaita.

El abuelo Laureano Antonio Pacheco lo reparó con su único ojo y no lo dudó: “Este pelao va a ser músico”. Había perdido el ojo al confundir las gotas de la vista con un tarrito de nitrato de plato. “Con esos fututos de los papayos nosotros hicimos nuestra primera gaita”, dice riéndose. El abuelo lo ponía a tocar el tambor.

“Lo que yo cantaba eran canciones indias del siglo XIX que mi abuelo me enseñó. Eran unas puyas indígenas. Mi papá no quería que yo fuera músico. Cuando llegaba un músico al pueblo, yo me las ingeniaba para poderlos ver. Me iba adonde estaba la música. Toda la música la hacía a escondidas como si estuviera violando la ley. Mercedes Anillo, mi mamá, por el contrario, sí quería que fuera músico. No era fácil ser músico en aquellos días en que yo era niño. Era lo peor que podía pasarle a una familia. A uno le decían: Tiene que ser un profesional. La música no era considerada profesión sino una perdición. Se burlaban del acordeonero y del guitarrero. Papá me decía: Para tomá ron no se necesita ser músico. Mi mamá, por el contrario, era una cantante sin orquesta. Mi papá la conoció cantando en un corral.

Adiós a Adolfo Pacheco, el juglar eterno

En el bar El Gurrufero que tenía papá en San Jacinto, muchos músicos dejaban empeñados por ron algunos de sus instrumentos. Una vez alguien dejó su redoblante.

Mi mamá permitió que yo tocara el instrumento empeñado. Uno de mis primeros instrumentos, además del tambor, fue una violina, una armónica. Mi mamá era la administradora de la casa. El espíritu de mi mamá y de la familia Anillo estaba vinculada al comercio. Teníamos un depósito de arroz, gaseosa, panela y cerceza. Ella era la ejecutiva, la de las ideas.

Miguel Pacheco Blanco, mi papá, era un campesino. Cortaba leña, tenía las piernas curvas. Era muy parecido a mi abuelo. Era inteligente. No quería ser machetero. Cuando mi papá se casó con mi mamá, le puso una serenata con gaitas. Se fue con Toño Fernández, que era uno de sus mejores amigos, y le puso la serenata. La familia de mi mamá dijo que era una falta de consideración. Cuando Toño Fernández iba a grabar donde Toño Fuentes se iba con mi papá. Le recomendamos: El maestro Adolfo Pacheco será cremado: así serán sus honras fúnebres

Para mí Toño Fernández era la máxima autoridad del folclor. Cuando lo escuché cantar por primera vez me sorprendió la versatilidad para cantar. Las canciones de gaitas eran mudas y Toño Fernández empezó a ponerles letras. Él cantaba con acordeón, con gaita, era dicharachero y repentista. Mi papá empezó a trabajar con Rafael Matera que exportaba cuero, tabaco, mantequilla. Allí aprendió a escribir y a manejar la contabilidad. Llegó a dirigir la contabilidad del señor Matera tanto para su empresa en San Jacinto como para El Guamo. Se exportaba mantequilla a Italia. Mi papá trabajó durante 19 años con el señor Matera. El les entregaba una casa a sus empleados y se los iba descontando con el trabajo. Mi papá era un hombre estricto y de una honestidad a toda prueba, decía: “La plata que yo no me gane trabajando no la quiero”, “Soy pobre pero honrado”. Era uno de los mejores amigos de Toño Fernández.

El bisabuelo de Adolfo era un ocañero que llegó a San Jacinto en 1850, en pleno auge de la música de vientos en todos los Montes de María. Ese bisabuelo fue decisivo en la vocación musical y en su ingenio que revela la genialidad del artista.

La primera canción

Desde niño Adolfo sorprendió a su familia con su primera composición en ritmo de puya: “Mazamorrita cruda”. Escuche aquí: 5 grandes éxitos para recordar al maestro Adolfo Pacheco

“Hay algo que no he contado jamás y son los diez años que duré en el internado. Me metieron a estudiar en el internado de Pepe Rodríguez en San Jacinto. Allí me castigaban cada vez que intentaba cantar. Me las había ingeniado para tocar el cuero templado de la silla donde estaba sentado. Le pedí a mi papá que la silla no tuviera pelo pero no le dije que era para tocarlo mejor. Resbalé mis dedos con disimulo y empecé a tocar la silla como si fiera un tambor. La había dejado que se asoleara para templar la silla al sol. ¿Qué está haciendo Pacheco?, me preguntaron. El espaldar de la silla era ya un pequeño tambor, una pequeña batería. Me la había dejado que se asoleara para templar la silla al sol. ¿Qué está haciendo Pacheco?, me preguntaron. Me oyeron cantar bajito. Entonces me gritaron: ¡Pacheco, arrodíllese!

Adolfo Pacheco Anillo compuso cerca de doscientas canciones plenas de una belleza narrativa y poética que están en la memoria popular de las sabanas, el Caribe y de toda Colombia.

El Cerro Maco

Al pasar por el Cerro Maco, es imposible no pensar en Adolfo Pacheco, en la música que nació en aquellos cerros, en la que siguen creciendo las hierbas altas, desafiando los peladeros y el verano despiadado.

Pero al pasar fugazmente por allí, vuelve la memoria como una música, a evocar la remota leyenda de los indígenas, de quien cogiera un fruto en sus caminos, no encontraría la senda del regreso.

Cuando el juglar de los Montes de María subió al cerro, siendo un muchacho, lo atraparon los cantos de los mochuelos y el resplandor de un arco iris que surcaba los cuatro cerros: Capiro, Morena, Algodón y Maco. Así nacieron dos de sus canciones célebres, del canto de un mochuelo y un arco iris como una inmensa hamaca de todos los colores, para mecer el Valle de Upar y los Montes de María.

Adiós a Adolfo Pacheco, el juglar eterno

A caballo, y armados con machete y escopeta, subieron Adolfo y sus amigos, siguiendo el rastro de una puerca que se había llevado un tigre. Durmieron a cincuenta metros, en lo alto del cerro, en la casa de Julio Torres. Toda esa aventura es hoy música, paisaje y reserva ecológica.

“Cuando yo compuse La Hamaca grande, algunos críticos dijeron que era una ironía, pero surgieron voces autorizadas que descubrieron que la canción no buscaba generar un simple reclamo regional, sino hacerlo visible desde San Jacinto y las sabanas, en el Valle de Upar. Hoy, la misma canción ha integrado a sabaneros y vallenatos”.

El gallero que compone

Era un gallero al que le gustaba componerse canciones a los gallos, y muchas veces le pagaron con gallos algunas canciones. Pero su gran terror era morirse y dejar desamparados a sus gallos de pelea y no podérselos llevar al cielo.

De viaje por el Sinú conoció al gallero Nabonasar Cogollo, de Cereté, protagonista de su canción El Cordobés. Nabonasar se lo llevó a su finca “La Florida”, de Cereté, solo para que Pacheco le compusiera una canción a uno de los centenares de gallos que coleccionó a lo largo de su vida. Al escuchar la canción, Nabonasar no dijo nada. Se quedó enmudecido. Le entregó su gallo. Y al salir de la gallera la canción lo persiguió hasta su muerte. Todo el mundo en Cereté la tarareaba, y aprendió a quererla más no solo porque estaba dedicada a él, sino porque hacía felices a quienes la escuchaban.

Al cumplir ochenta años, fue nominado al postulado al Premio Vida y Obra del Ministerio de Cultura 2020. Su salud se había resquebrajado y temía que el corazón le tendiera una trampa. Sobrevivió a la peste del coronavirus y a varias recaídas de salud derivadas por su diabetes y a su presión, y confiaba que la vida le alcanzara para seguir componiendo nuevas canciones, más allá de medio siglo de existencia de su clásica canción La Hamaca Grande, convertida en el himno de todos los sabaneros. Su repertorio logró la metáfora de juntar al Cerro Maco con el Valle de Upar. Y de mecer a todo el país.

Adiós a Adolfo Pacheco, el juglar eterno

El juglar ilustrado

Con su amigo Andrés Landero recorrió todo el Magdalena Grande explorando y estudiando la música del acordeón de toda la región. En esa travesía conoció a Pacho Rada y a Juancho Polo Valencia. Al escuchar a Polo Valencia interpretar Alicia Adorada, llegó llorando de emoción a San Jacinto.

La batalla que defendió fue por el folclor del Bolívar Grande, reclamando que con el acordeón no solo se tocaban los cuatro ritmos convencionales del Festival Vallenato, sino más de treinta ritmos de las sabanas, señala Juan Carlos Díaz, quien conoció al maestro cuando visitaba a su padre en su taller de talabartería y se reunían los fines de semana con sus amigos sanjacinteros a cantar, recuerda Juan Carlos.

“Y allí cantando en mi casa junto a mi padre no solo cantaba cumbias y porros, también boleros, rancheras y tango. Era muy allegado de mis padres. A mi tía Rosita Martínez, hermana de mi madre le compuso varias canciones”.

Adolfo, el hijo de Miguel Pacheco y Mercedes Anillo, era un patriarca de la sencillez, la nobleza y el buen humor. Poeta natural, quien estudió Derecho en la Universidad de Cartagena, y ejerció cargos públicos, pero ningún honor y ningún imperio había podido destronar su lealtad y su devoción por su tierra.

Salió huyendo de su tierra natal San Jacinto, en los años setenta, amenazado por la guerrilla. Tuvo que abandonar su finca y residenciarse en Cartagena, tal como lo se lo contó a su amigo Edward Cortés Uparela.

Estaba convencido de que la música era el único remedio que existía contra toda forma de violencia. “La hamaca grande”, “Mercedes”, “El viejo Miguel” o “El mochuelo”, para citar tres de sus canciones, están enraizadas en la memoria colectiva.

Un festival en su nombre

Surgió la iniciativa de crear en Cartagena, un homenaje a Adolfo Pacheco en 2009, presentado por el periodista Juan Carlos Díaz, propuesta que se convirtió el Festival de la Hamaca Grande, con un equipo presidido por la alcaldesa Judith Pinedo Flórez, amiga del músico, con quien estudió derecho en la Universidad de Cartagena. Este equipo además de Juan Carlos Díaz, lo integraban Gina Ruz, Irina Junieles y Julio Alandete. El festival que fue un éxito se realizó en cuatro oportunidades.

El Juglar de los Montes de María, Adolfo Pacheco Anillo estará en cámara ardiente en la Parroquia de San Jacinto, en donde su pueblo le rendirá honores póstumos. Será cremado el lunes.

Los funerales

Los despojos mortales del Juglar de los Montes de María serán trasladados a su tierra natal, San Jacinto, en donde estará en cámara ardiente para que todo su pueblo le rinda los honores póstumos. Luego, será llevado a Barranquilla para ser cremado.

Al maestro le sobreviven cuatro hijos que tuvo con Judith Lora: Miguel Adolfo Pacheco Lora, Olga Pacheco Lora, Mercedes Pacheco Lora y Adolfo Pacheco Lora. Con su última compañera sentimental Ladys Anillo, tuvo a José Antonio Pacheco Anillo, Gloria Pacheco Anillo. El hijo mayor del maestro, Andrés Pacheco, también músico, falleció hace cuatro años. El maestro deja una niña de nueve años.

El patrimonio musical de Adolfo Pacheco puso a bailar a Colombia y al mundo. Cada vez que él salía a recorrer los pueblos, la sorpresa era que estaban sonando sus canciones como si acabaran de componerse. No dejan de sonar desde la madrugada del sábado. Siguen sonando más allá de su muerte.

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