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Acoso a las niñas y mujeres: ¿Qué estamos haciendo para detenerlo?

Todo comenzó con el acoso callejero y terminó en homicidio. Eso que muchas silenciamos puede escalar y quitar vidas, quebrar familias.

La primera vez que fui acosada tenía 12 o 13 años. Recién había aprendido a irme en bus hasta el colegio que quedaba a unos siete minutos de mi casa, el transporte me dejaba y me recogía en la entrada de mi casa y frente al colegio, ¿qué podía salir mal?

Habitualmente la buseta venía bastante vacía, así que podía seleccionar sin restricciones la silla donde acomodarme. Me encantaba la ventana porque me aseguraba menos calor. Un día, en medio de ese vehículo vacío, un hombre mayor se sentó a mi lado, me preguntó mi nombre y comenzó a hablarme de esa cama matrimonial que tenía en su casa, que acababa de comprar y que se moría por estrenar mientras miraba fijamente mis incipientes senos, alzaba la pierna y me acorralaba mientras me seguía hablando bajo y estremecedor. Lea: Acoso sexual, un delito que también afecta a las cartageneras

Me congelé. Me despertó de la pesadilla ver mi casa y la adrenalina la expulsé pegando un alarido y pronunciando mis palabras salvadoras: “Parada, parada”. Al hombre lo vi un par de veces más, con sus mismos ojos tenebrosos y la mirada inquisitiva, y con él mi miedo. Llegaron las vacaciones y no lo vi más, cuando regresé a clases una amiga me motivó para irme con ella y olvidé el tema del señor loco de la cama matrimonial, una historia que nunca conté al llegar a casa. Mis hermanas no pudieron hacer nada para evitarlo porque ni siquiera lo sabían y yo con el tiempo también lo olvidé, ni siquiera en anécdota se convirtió. Lo borré hasta hoy.

Un día, en medio de ese vehículo vacío, un hombre mayor se sentó a mi lado, me preguntó mi nombre y comenzó a hablarme de esa cama matrimonial que tenía en su casa, que acababa de comprar y que se moría por estrenar mientras miraba fijamente mis incipientes senos”.

El momento vino a mi mente cuando leía la historia de Michel Dayana, la niña asesinada en Cali por su acosador, el vigilante de un taller. Fue escalofriante ver al padre contando lo que le había confesado su otra hija, ese hombre ruin que confesó ser su asesino la “molestaba” cuando pasaba, tanto que habían comenzado a sentir miedo y a necesitar cruzar la calle para sentirse seguras. Nunca antes le dijeron a sus papás. Lea: Capturan a hombre señalado de asesinar y desmembrar a Michel Dayana González

Entonces pensé en mí, pensé en mi cuñada de apenas 15 años, pensé en mi sobrina de 14, en mis sobrinas más pequeñas, en mi vecina, en todas las mujeres que me rodean y las que no, ¿cuántas estarán en peligro? ¿Por qué aún nos cuesta tanto reconocer el acoso y contarlo?

Lo cierto es que crecimos como mujeres pensando que si ibas caminando por la calle y alguien comenzaba a describir tus senos, tu sexo, tu cuerpo e incluso lo que podría hacer con él, era “normal”, solo debías seguir caminando, “es algo sin importancia”. Una lección que nos enseñaron nuestras madres y hermanas mayores sometiéndonos sin saberlo al mismo gran problema: no identificar una agresión y acostumbrarnos a sentir miedo, porque ellas también estaban conteniendo su miedo para no parecer débiles o exageradas, porque somos mujeres y eso es lo que nos toca, porque “los hombres son así”. Le puede interesar: Dos víctimas de abuso sexual se confiesan: así rompieron el silencio

Acoso a las niñas y mujeres: ¿Qué estamos haciendo para detenerlo?

Entonces llegan las cifras. Según ONU Mujeres el 70% de las mujeres en América Latina y el Caribe ha experimentado algún episodio de violencia por razón de género, mientras que el Observatorio Colombiano de Feminicidios de Reporte Dinámico de Feminicidios Colombia, registra 443 feminicidios entre enero y octubre de este año. Nos están violentando. Nos están matando. ¿Y ahora qué?

Solo nos queda aprender a salvarnos y salvar a otras. ¿Cómo? No normalizando, no minimizando el acoso con un “solo es por molestar”, no confundiéndolo con un “es que está enamorado”, poniéndole justo el nombre que se merece: ACOSO. Y no está bien, no es normal, no tenemos que convivir con eso como si nada, no somos exageradas. Te sientes incómoda, es hostigante, te hace repensar por dónde caminar, qué vestir, es ACOSO.

El aprendizaje debe ser colectivo y en comunidad. Porque sí, aún tengo 30 años y me da miedo decirle a un hombre cuándo su mirada me parece excesiva porque temo que me digan “loca” o “exagerada”, incluso me cuesta hallar las palabras para explicárselo a una amiga, por ejemplo. Aún me cuesta entender que no tengo porqué vivir con miedo.

Es el momento, por nosotras y por nuestras niñas. Llamemos al acoso por su nombre, no, no son “halagos excesivos” son una forma de violencia. Es nuestro momento, y es por nuestras niñas. Vivir sin miedo y alzar la voz es un legado que sí está al alcance de nuestra mano.

Consejos de ONU

1. Escucha y créele a las víctimas.

2. Enséñale a la próxima generación y aprende de ella. El ejemplo que damos a la generación más joven determina la manera en que esta piensa sobre el género, el respeto y los derechos humanos.

3. Conoce los indicios del maltrato y aprende cómo puedes ayudar.

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