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“Yo no quiero seguir así, quiero trabajar”: habitante de calle

La soledad es su única compañía, asegura que le dio durísimo cuando salió de su casa y que lloraba de desespero, pero con el tiempo se acostumbró.

Cartagena de Indias, avenida del Lago, jueves 3: 00 p.m. Esa tarde, saliendo del periódico en busca de historias para contar, llegué a la parte de atrás del centro comercial Caribe Plaza y vi a un hombre cuya apariencia reflejaba abandono y su mirada soledad.

Así conocí a Alberto López, uno de los tantos habitantes de calle de la heroica. Todos tenemos un pasado y una historia que reflejan lo que somos hoy en día, y a continuación la de él.

Tiene 46 años y ha pasado casi la mitad de su vida en la calle: 20 años para ser más exacta. Bajo días de sol y noches de lluvia le ha tocado sobrevivir a la dura vida de Cartagena.

Inicio del periplo

Es el único hijo (hombre) de un total de seis hermanos, asegura que, tal vez, todo empezó por la falta de crianza, la soledad y el abandono de la familia; fue el único hijo de la familia que su madre no crió, pues solamente lo hizo con sus cinco hermanas y, como si fuera poco, su padre también le dio la espalda cuando creció.

A lo mejor ese pudo ser el resultado de los tantos prejuicios sociales de inicio de los años 2000, aunque en la actualidad no ha cambiado mucho la historia, muchos padres aún conservan el pensamiento de cuidar más de sus hijas que de los varones, quizá tal vez por creer que el hombre, el “sexo fuerte”, puede hacerlo solo.

Y es así como Alberto decide emprender un camino solo, desprenderse de su familia y buscar otra, pensando que la historia sería diferente.

Siendo aún muy joven, con 19 años, empezó a vivir con su novia del momento, una niña de 13 años. Es justo ahí donde empiezan tantos cuestionamientos: ¿Será posible que una pareja tan joven se pudiera echar al hombro la responsabilidad de formar una familia, aún sabiendo que no tiene las condiciones económicas, pensamientos y madurez?

Como si de un mal se tratase, esta fue otra de las oportunidades en la que la vida y el destino le dijeron a Javier que ahí tampoco era.

Todo iba bien al comienzo, a pesar de que empezaron viviendo en su casa y luego en la de su suegra. Fue en esta última donde se desencadenó el gran problema que se veía venir.

“Siempre que llegaba a la casa me empezaban a poner caras, no me dejaban coger ni agua, me tocaba ir a la casa de algún vecino a que me dieran, eso hizo que me fuera de la casa, un día dije que me iba para no volver, y eso fue lo que hice”, asegura. Lea también: Un callejón en Cartagena, una república independiente del bazuco y del orín

Con todo y la juventud nacieron 3 hijos, y tuvo otro por fuera de su hogar. Se fue cuando este último tenía 3 años.

Sabe que tiene un nieto y que sus hijos preguntan por él, al menos eso le dijo su exmujer un día que lo vio en Bazurto.

“No me gusta ir a visitarlos, yo prometí que ni iba por allá; aunque, a veces quiero ir, pero con algo de plata, no me gusta ir con las manos vacías. Quiero recoger algo para llevarle un regalito a mi nieto ahora para Navidad”, expresa.

El nudo

La calle y la soledad, un mal camino. Rodeado de malas amistades inició el consumo de droga.

Empezó con marihuana, y fue cambiando de drogas, dice que consume patraciao (bazuco) con pipa. “Cuando estoy ‘trabajando’ no me gusta meter nada, cuando lo hago es hasta la tarde porque de noche me da miedo, uno a veces se pone a pelear” menciona.

Vendió plátanos y pescados en las calles y en el mercado cuando la vida lo trataba mejor que ahora, pero de un momento a otro le empezó a ir mal. En busca de nuevos sueños y una mejor vida para él y su familia se va para Venezuela, donde asegura que tuvo un familiar preso por su culpa, pues el familiar mató a un primo que lo quería matar a él.

Regresó en busca de su mujer y de sus hijos, quiso dejar de vivir cerca de su suegra. “Yo no quería vivir ahí, pero mi mujer quería seguir al lado de su mamá, le dije que nos mudáramos, no quiso. Un día me fui y nunca más volví”, relata.

La soledad es su única compañía. Asegura que le dio durísimo cuando salió de su casa y que lloraba de desespero, pero con el tiempo se acostumbró.

“Primero estuve donde un amigo, pero como dicen por ahí: ‘Los primeros días la escoba barre bien’, después empecé a ver el cambio y de nuevo la ponedera de cara”, cuenta.

Se conoce toda Cartagena, la ha recorrido de esquina a esquina con el sol caliente durante años, y a veces se cansa, como todos.

“Yo duermo en una fundación donde me toca llegar antes de las 9 de la noche, me dan la cena y la dormida. Antes me quedaba en la calle, pero ahora me da miedo porque hay habitantes que los han golpeado y hasta matado. Me toca salir a todos los días a buscar qué comer, me dan la cena y a veces ni me la como”, explicó.

Dice que les dieron un papel como habitantes de calle, que lo muestran en los hospitales para que los atiendan, pero a eso “no le paran bolas”. Le puede interesar: Petro, Dumek, drogas y cómo evitar que se dañe la cena navideña

Cree mucho en Dios, pues eso se refleja en cada una de sus palabras. “Le pido a Dios que no me enferme porque es muy difícil que me atiendan en el hospital, me toca ponerme a llorar y a gritar para que lo hagan, porque a las buenas nunca lo hacen”, acusa.

Desde que la calle lo acogió, camina con una bolsa todos los días recogiendo plástico, ganándose 3 mil pesos diarios, pero “eso no da plata”, como confiesa quien a veces “le toca pedir comida”.

Muchas veces el sol detiene su caminata, ha cogido rabia y ha querido dejar todo a un lado, bota su bolsa con plásticos y se pone a llorar.

El desenlace que quiere

“Yo no quiero seguir más con esta vida, quiero trabajar”, fueron unas de sus palabras cuando terminamos de hablar, me dice que es buen vendedor de plátanos y que le gusta, que quisiera volver a venderlos.

Como Alberto, son muchas las personas que diariamente recorren las calles de la ciudad sin rumbo, propensos a sufrir maltratos, rechazo, abandono y soledad. A otros les ha tocado la peor parte: la del silencio eterno, la historia que nunca pudo ser contada.


*Nombre cambiado a petición del habitante*

¿Qué hace el Distrito?

Desde la Secretaría de Participación y Desarrollo Social realizan diferentes actividades para poder llegar a los habitantes de la calle, como jornadas de sensibilización y de caracterización.

Una de las acciones más importantes que realiza la Alcaldía para solventar la situación de los habitantes de la calle es la consolidación de una red de apoyo para el reencuentro familiar; otra estrategia importante tiene que ver con el fortalecimiento de la actividad informal del reciclaje.

Además de estas dos líneas de trabajo con relación a los habitantes de la calle, también se desarrollan otras acciones en conjunto con el Departamento Administrativo Distrital de Salud (Dadis), tales como las jornadas integrales de salud física, mental y nutricional. En estas jornadas también se hace entrega de elementos de aseo personal, prendas de vestir, se hacen cortes de cabello y se realizan actividades lúdicas.

Asimismo, tienen una ruta de atención; ante el conocimiento de un caso de un habitante de la calle se puede llamar a la línea 123 de la Policía Nacional o a la línea 125 del Centro Regulador de Urgencias y Emergencias (CRUE).

Luego de ello, se procede a la identificación del habitante de la calle, al cual se le emitirá un certificado de indigencia y se le afiliará al sistema de seguridad social.

A este se le mostrará la oferta institucional del Distrito, que contempla la inclusión familiar, la formación e inclusión productiva o el traslado a un hogar geriátrico o de paso. Cabe resaltar que para esto el habitante de la calle debe aceptar recibir la atención integral.

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