DE BOLÍVAR A LOS TALIBÁNES. ¡LO QUE HIZO FALTA FUE UN EDUCADOR!

18/08/2021 - 19:03

En medio de tanta congestión y revuelo internacional, por la lamentable situación social en Afganistán, hay algo importante por reconocer -con especial atención para los millennials-, los tiquetes aéreos y planes turísticos están muy económicos para visitar dicho Estado y promover “conciencia social” desde la banalización y revictimización del ser.

¡No nos asombremos, por favor! Noticieros, revistas, periódicos y, cómo no, Twitter, están atiborrados de desinformación que va más allá -sin ser menos importante- de los derechos que perderán las mujeres y las personas que cayeron muertas, al pavimento, en su último vuelo a la esperanza.

La realidad de esa nación va más allá. Hoy, la cínica, mercenaria, corrupta, y demagógica forma de comunicar ha hecho del público un adefesio tan vil como está misma; esto si se considera que el problema afgano radica en egos y vanidades de distintas naciones que han brindado una ayuda que no ayuda, bajo la excusa de salvaguardar intereses nacionales con el oculto propósito de apropiar recursos naturales de terceros.

Como en la contabilidad, la situación de la nación asiática, tiene unas cuentas que se deben revisar. El balance inicial contempla una declaratoria de independencia en el Siglo XVIII y un régimen monárquico hasta el año 1973 (vigencia en que se constituye la República).

Las novedades transaccionales dan cuenta de: primero, la Revolución de Saur -con cimientos comunistas-, que dio por resultado el establecimiento de la República Democrática de Afganistán; segundo, y en simultánea, la intervención territorial por parte de la Unión Soviética para apoyar al gobierno comunista de ese entonces, dando por resultado la guerra del Estado contra la guerrilla islámica (apoyados por EE.UU, Arabia Saudí y Pakistán, entre otros), con la victoria de los segundos a partir de represiones, violencia y destrucción por doquier; y, la intervención los estadounidenses con la “Operación Ciclón”, que buscaba establecer un programa de reclutamiento que captara fundamentalistas islámicos -Muyahadín-, en el propósito de hacer frente a la República Democrática y al Ejercito Rojo, de lo que se obtuvieron múltiples acciones beligerantes de los integristas religiosos; tercero, para el año 89 se da la retirada por parte de las tropas soviéticas -bajo el mandato de Gorbachov- y el establecimiento del gobierno Mayuhidín; cuarto, en el año 1992 se instaura el Estado Islámico de Afganistán, con motivo de la suscripción de los Acuerdos de Peshawar, acompañado de constantes enfrentamiento internos y ataques de Estados circundantes al islámico; quinto, en la vigencia 1994 se crea el movimiento “talibán” (estudiantes por su traducción del pastún), apoyados en otrora por la CIA, que buscaban la instalación de la Ley Islámica y llegar al poder, logrando ese objetivo dos años después de su creación con la instalación del “Reino del terror”, entre otras cosas, financiado por las onerosas exportaciones, a motu propio, de opio y heroína; sexto, la invasión de la OTAN, los gringos y los británicos con la “Operación Libertad Duradera”, que como toda mentira duro lo que tardó en contarse.

Los resultados de los estados financieros no son muy positivos. Hoy en Afganistán tienen un Estado de facto, 267 distritos bajo el control talibán, el mando de 17 de las 34 capitales provinciales de la nación, Kabul destruido, un río de sangre y la bandera blanca del emirato ondeando en el palacio presidencial.

Con facilidad se puede llegar a dos conclusiones, en medio del reduccionismo social en que vivimos. Los afganos son coprófagos o les ha hecho falta educación, educadores y estudiantes que estén dispuestos a aprender. Sin embargo, el tema no es tan sencillo. Sólo el que está bajo el techo sabe dónde cae la gotera y pretender, como dijera Borges, que la verdad penetre en mentes que no están dispuestas, complica la situación. Esto implica preguntarse: ¿Qué significa educar al educador educado? Aunque suene a un trabalenguas o una cacofonía, la respuesta alberga el por qué de la situación social afgana, inclusive la realidad colombiana. Educar, implica guiar al ser con el propósito de brindarle la oportunidad de mejorar, atendiendo capacidades morales, éticas e intelectuales, aplicables sin distinción a la cosmovisión, pensamiento y convicciones individuales, garantizando cercanía y pertinencia con la realidad. No obstante, se ha creído que la educación consiste en estudiar para saber más, lo que implica aplicar máximas consideradas “verdades reveladas” e inflexibles, desconociendo que se aprende para ser menos ignorantes y flexibles en el disenso para crear consensos.

El resultado es claro: somos intolerantes y nuestra importancia como seres sociales deja de serlo pues no hemos vuelto un problema. Sí, un problema casi irremediable. Mientras impera el caos, perdemos la batalla con un virus implacable -que afecta con mayor determinación a las periferias-, nos ocupamos en hacer manifestaciones contra la vacunación, no respetamos diferencias ideológicas y culturales, desconocemos que el mundo evoluciona y con él las relaciones, pensamos en la superioridad de género y nos inventamos luchas que tienen adeptos sin fundamento, la sociedad y el mundo agoniza. En fin, nos hemos convertido en una caterva de seres que le dan prelación a lo estético sobre lo ético creyendo que los demás son el infierno, desconociendo que ese infierno somos nosotros mismos, y dándole un trato al hombre tal como es y no como debería ser.

La empresa, a este paso, se deberá cerrar. Ocupémonos de lo importante, eduquemos y busquemos ser educados sin la corrupción que ha sido una constante de la humanidad, eso nos evitaría vivir situaciones como la afgana y la colombiana; pues estamos enseñados a apreciar más a quienes piensan como nosotros y despreciar a los que no. Debemos aprender que no hay justicia en la caridad, hemos visto y seguimos viendo los resultados. Es aquí donde resulta más útil proteger y defender lo que somos que vivir de ilusiones y vidas ajenas, pues corremos el riesgo de vivir las leyes islámicas del espacio territorial en que habitemos.   

¡Que Alá nos proteja!

 


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