Babel

17/05/2022 - 11:13

Por: Juan Antonio Pizarro

El hombre llegó a Cartagena de Indias en el velero escuela gringo. Junto al gringo, llegaron navíos de México, Honduras (más bien chaparrito), Argentina, Chile, Portugal, Brasil y Perú amén del buque escuela colombiano. Aunque no deben ser llamados buques porque, en parla marinera, se trata de navíos.

Esa noche, después del desfile de rigor por la ciudad amurallada contra las invasiones de piratas y corsarios, vino una tremenda rumba donde se mezclaron los cadetes de los distintos países: jóvenes de ambos sexos, de camisa blanca, de tez morena de tanto trepar velamen, bien peluqueados y mejor educados. Si no se escuchan sus voces, es casi imposible distinguir a cuál de los navíos pertenecen.

El gringo los observaba mientras metía un ron local de trago largo. Así, a primera vista, cualquiera podría embarcarse en cualquiera de los navíos y pasarían días antes de que alguien se diera cuenta. Con otro trago de ron se lo comentó a su vecino peruano, quien le dijo que llevaba rato pensando lo mismo. Los dos se lo comentaron al cadete colombiano que comentó a grito herido: "maricas, leyeron mi pensamiento". Cuando los tres se lo comentaron al hondureño, este los miró extrañado pues estaba maquinando cómo meterse al Sagres portugués, que le estuvo haciendo ojitos toda la tarde desde el muelle de enfrente. En una hora, los cadetes de las ocho tripulaciones confesaron que todos habían meditado en introducirse de manera subrepticia en uno de los otros navíos.

Con el ron manando indetenible, nadie supo quien propuso la madre de todos los intercambios: que las tripulaciones completas de un navío se tomaran otro navío la noche en que terminaba el encuentro. Calcularon que los oficiales de los navíos estarían manejando un guayabo terciario, producto de la perra que se pegarían esa noche, que les impediría darse cuenta del cambiazo antes de estar en alta mar. Un grumete argentino despistado no entendía por qué los oficiales iban a tener esa noche una perra y amanecer con guayabo, por lo que una cadete de alto rango y baja cama tuvo que explicarle que así era cómo los colombianos, de por sí seres raros, llamaban a la borrachera y a la subsiguiente resaca. “Ahhh!” exclamó en lunfardo el grumete, que era porteño.

El plan estaba claro, la noche en que terminaban las maniobras los cambios serían: los argentinos cogerían el Gloria, lo que causó especial emoción al grumete porteño; los hondureños, el Sagres: los portugueses, el brasilero: los gringos, el mexicano; los manitos, el hondureño; los brasileños, el argentino; los colombianos, el chileno; los peruanos, el gringo; y los chilenos, el peruano.

Las tomas se dieron de maravilla. Cada tripulación tomó el navío que le correspondía y se hicieron a la mar. Bueno, no todas. La hondureña, dos años después, está todavía entrenando para subir el velamen del Sagres y desatar los nudos que amarran este gran navío al muelle.

El navío hondureño, tripulado por mexicanos, pasó por Bocachica donde los nativos vieron un velero más bien chaparrito con un velamen que parecían hamacas, pero que bien podrían ser unas hamacas que pretendían ser velamen.

Los oficiales brasileños aún no entienden cómo se lentificó el hablado de sus cadetes y como perdieron, así de golpe, el ritmo para bailar samba. Si no los conocieran mejor, dirían que eran portugueses.

Los oficiales mexicanos están felices porque tienen clases gratuitas de inglés, que les va a venir de maravilla cuando los envíen de agregados navales a Washington o a London.

En cambio, las cosas van de mal en peor en la nao argentina. La oficialidad, después de un invicto de 25 años, ha perdido siete partidos de microfútbol seguidos contra los cadetes. De seguir así las cosas, van a tener que retarlos a otra cosa cómo, por ejemplo, bailar tango.

En el navío chileno, los colombianos aprendieron rápidamente a distinguir un Carmenere de un Cabernet Sauvignon, pero los oficiales australes aún no logran distinguir un paso de salsa de uno de cumbia.

Los peruanos convencieron, luego de maratónicas sesiones, a los comandantes gringos de la importancia de vengar a los hermanos bolivianos por lo que se dirigen raudos a tomar un puerto chileno. Aún no han decidido cual.

En el navío chileno llevan dos años discutiendo con ferocidad si el origen del pisco es chileno o peruano. Al parecer la tesis chilena va ganando: después de cada discusión desaparece un cadete peruano.

 


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