¿De qué me hablas, viejo?

¿De qué me hablas, viejo?


Por supuesto que usted puede fingir que no ha visto los videos o las imágenes de policías aplastando jóvenes. Eso mismo hicieron los policías y militares durante las masacres de El Salado, El Aro o Macayepo: miraron para otro lado mientras los paramilitares masacraban a 200 personas.

Por supuesto que usted puede elaborar un argumento que explique el asesinato de civiles en una marcha o en una protesta. Eso mismo hizo Nicolás Maduro entre el 21 y el 23 de enero del 2019, salvo que allá murieron 40 personas y aquí la cuenta ya va en 76.

Por supuesto que usted puede pensar que aquellos que se llaman a sí mismos “gente de bien” tienen derecho a organizarse y salir con fusiles de asalto para acabar a bala a todo el que piense diferente, a todo aquel que por inconforme les perturbe las noches y el sueño. Eso mismo pasó en Ruanda en 1994; pero allá la “gente de bien” eran los Hutus Radicales y mataron a unas 800.000 personas (17 veces la capacidad del Estadio Metropolitano de Barranquilla).

Por supuesto que usted puede dudar de las decenas de jóvenes que han perdido un ojo a manos del ESMAD, porque quién los mandó a protestar en lugar de quedarse juiciosos en casa. Lo mismo sucedió en Ucrania en 2013-14 donde murieron 82 personas, donde 182 perdieron un ojo y donde el presidente responsable de todo eso tuvo que salir huyendo de madrugada, solo y derrotado, tres meses después.

Por supuesto que usted puede pasar por alto que los políticos que hoy condenan la protesta en Colombia sean los mismos que hace unos meses la defendían en Venezuela. Por supuesto que también puede pasar por alto que Duque, el presidente que hoy reprime las manifestaciones, sea quien las convocaba cuando era senador de la oposición.

Por supuesto que usted tiene todo el derecho de llevar sobre los hombros el doble discurso, que por un lado lo impulsa a cubrir con una alfombra roja la violencia de los suyos, y  por el otro lado lo hace descalificar a dentelladas las denuncias de los demás. Ese doble estándar es la derrota del pensamiento lógico. Y eso, aunque usted no lo crea, en este país no es tan difícil de entender. Lo que no se logra entender es cómo puede luego, en las noches, poner tranquilamente la cabeza sobre la almohada.

Por supuesto que usted puede negar la historia, la evidencia, la razón y todo esto que he escrito. Puede, también, si así lo prefiere, inventarse otra realidad más cómoda: una en la que Santos, el foro de Sao Paulo, Petro, Las Farc, Putin, Maduro, la academia sueca, el servicio de inteligencia británico —o todo lo que a usted se le ocurra— tienen un complot orquestado para promover la protesta y la desestabilización de este país. 

Pero, por supuesto, también podría usted explorar una explicación más simple, así no la admita públicamente, sólo como un ejercicio de la imaginación. Le propongo esta: imagine un país donde el 42 % de su población no logra conseguir más de 10 mil pesos al día para vivir. Si esas personas se pudieran poner en una fila que conserve los protocolos de bioseguridad, abarcaría todo el largo de la carretera Panamericana, de ida y vuelta, desde el norte de Alaska hasta el sur de Argentina, y sobraría gente. 

Imagínese usted administrando esos 10 mil pesos al día para ir y regresar del trabajo o la universidad y además procurarse las tres comidas y pagar lo que debe. Imagínese usted, con lo que le sobra de ahí, tratando de comprar algo para vestirse. No hablemos del arriendo, servicios públicos, matrículas, pensión o salud. Imagine que, aparte de todo eso, el gobierno además le exija contribuir con la recuperación económica del país mediante un incremento en los precios de todo lo que a duras penas medio alcanza a conseguir con esos 10 mil.

Ahora imagine que a usted lo tildan de resentido porque considera que eso no es justo. En ese hipotético escenario usted tendría dos caminos: o bien acepta lo que el gobierno le exige y trata de seguir con su vida como pueda; o bien puede expresar su inconformismo y levantar la voz para ser escuchado. Pero, si llega a optar por lo segundo, es mejor que detenga aquí el ejercicio de imaginación porque lo que sigue es todo lo que ya señalé arriba. Usted, por supuesto, puede orientar su imaginación como mejor le convenga; muchos otros, que son 21 millones de seres humanos, por desgracia, no tienen otra opción más que ponerle el pecho a esa cruda realidad.
 

@xnulex


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