Cartagena de indias - Colombia
Viernes 23 Febrero de 2018

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Que no se te salga el blog

Un espacio para escribir sobre temas que tienen que ver con la música y las artes en general, sin dejar de lado los asuntos comunitarios y personajes del alma popular.

Tierrabomba, una isla rodeada de sed

El reguero de casitas multicolores que surge entre la vegetación, le da la apariencia de un pesebre navideño en la mitad del mar.

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Para llegar o salir del corregimiento Tierrabomba no hay muelles que ayuden a abordar la lancha motorizada.
Desde las playas del barrio El Laguito, detrás del Hotel Cartagena Hilton, cada media hora, aproximadamente, sale una lancha con pasajeros y carga hacia esa población. Quien quiera viajar, debe pagarle mil pesos a una joven que permanece sentada a unos 50 metros de la playa, debajo de un árbol de almendras.

Tierrabomba, una isla rodeada de sed

El reguero de casitas multicolores que surge entre la vegetación, le da la apariencia de un pesebre navideño en la mitad del mar.

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Para llegar o salir del corregimiento Tierrabomba no hay muelles que ayuden a abordar la lancha motorizada.
Desde las playas del barrio El Laguito, detrás del Hotel Cartagena Hilton, cada media hora, aproximadamente, sale una lancha con pasajeros y carga hacia esa población. Quien quiera viajar, debe pagarle mil pesos a una joven que permanece sentada a unos 50 metros de la playa, debajo de un árbol de almendras.

Debajo del puente, sólo mesas y banquillos

Mesas y banquitos comunes, rústicos, baratos que cualquiera identifica en las fondas y en las cantinas del mercado; o en las cocinas y los patios de los hogares pobres y no tan pobres, pero sin plata de todas maneras, a todo lo largo y ancho de los extramuros de Cartagena.

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“Debajo del puente,
en el río,
hay un mundo
de gente...”
(Pedro Guerra)

Casi toda la Cartagena pobre tiene más de 17 años de estar sentándose en los banquillos y las mesas que se fabrican debajo del puente de Bazurto. “La Loma”, le dicen los cartageneros.
Pocos saben que esa carretera por donde cruzan las diferentes rutas de la zona suroccidental, los camiones de carga larga y pesada, los carros colectivos, los descargadores del mercado y los taxis que se camuflan de mala manera para entrar a los moteles que circundan el lugar, se llama la 34.

PARQUE DEL CENTENARIO 4: En esos ojos muere el sol

Carmen Elena, Raiza y Elvira no sólo comparten la misma decisión y las razones para ejercer el oficio más viejo del mundo, sino tres pares de ojos en los que el sol siempre se ve agonizante.

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Siempre que puede, Carmen Elena (*) se acerca a las pequeñas rondas que se forman en torno a los predicadores del Parque del Centenario, aunque la mayoría de sus compañeras prefieren reunirse con los cuentachistes.
Aclara que no se considera una cristiana ferviente, pero no dejan de parecerle interesantes algunos de los mensajes que los evangélicos proclaman todas las tardes en la rotonda adoquinada, cuando ella lleva unas dos horas haciendo guardia en las reatas pintadas de blanco.

PARQUE DEL CENTENARIO 4: En esos ojos muere el sol Los ojos en donde

Carmen Elena, Raiza y Elvira no sólo comparten la misma decisión y las razones para ejercer el oficio más viejo del mundo, sino tres pares de ojos en los que el sol siempre se ve agonizante.

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Siempre que puede, Carmen Elena (*) se acerca a las pequeñas rondas que se forman en torno a los predicadores del Parque del Centenario, aunque la mayoría de sus compañeras prefieren reunirse con los cuentachistes.
Aclara que no se considera una cristiana ferviente, pero no dejan de parecerle interesantes algunos de los mensajes que los evangélicos proclaman todas las tardes en la rotonda adoquinada, cuando ella lleva unas dos horas haciendo guardia en las reatas pintadas de blanco.

PARQUE DEL CENTENARIO 3 ¡Por mandato divino!

El Parque del Centenario no sólo es escenario de teatreros, cuentachistes, vendedores, desocupados o meretrices. También sirve como espacio para predicar creencias religiosas a los pocos escuchas que se quieran integrar.

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La semana pasada, desde las 4:00 de la tarde, un predicador con pinta de músico rastafari arengaba enérgicamente a unas cuantas personas sentadas en el borde de una de las reatas del parque.
Al lado derecho de la rotonda adoquinada, los teatreros habían finalizado su función, y el público comenzaba a aglomerarse alrededor de los cuentachistes recién llegados.
El predicador usaba toda la potencia de su voz para decir que quien se ampara bajo el poder de Dios siempre estará bien acompañado y preservado de las malas energías.

PARQUE DEL CENTENARIO 2: Los asalariados del chiste

El Cuchilla y El Usocarruso hacen parte del paisaje urbano de Cartagena, en el sentido de que imposible no verlos encendiendo las tardes de la calle.

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Édgar Martínez Julio se aparece por el Parque del Centenario casi siempre a las 5:00 de la tarde.
A esa hora, Carángano, el grupo de teatro, está recogiendo sus pertrechos para mudarse a la Plaza de los Coches.
Antes de que se retiren, Martínez Julio, con voz grandilocuente, pide a la escasa concurrencia que acaba de presenciar dos obras que los actores tienen montadas desde hace tiempo como su único repertorio, un fuerte aplauso.

PARQUE DEL CENTENARIO 1 Teatro a golpe de Carángano

El Parque del Centenario es uno de los sitios emblemáticos del Centro Histórico de Cartagena. Allí convergen personajes que rebuscan la vida, que ven pasar el tiempo o que simplemente cruzan de una calle a otra.

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El escenario no tiene tablas ni cortinas. Es un espacio de concreto y naturaleza, tapizado con adoquines en algunas partes y sombreado por árboles antiguos en otras.
No hay reflectores ni candilejas con que inventar efectos visuales, pero en cambio, sobre el espacio aéreo de la bahía, el sol desciende agonizante como naranja gangrenada, mientras el público empieza a reunirse en la sección derecha del monumento al Centenario de la Independencia.

El pescador de cadáveres

El Manco, al igual que los otros tres silenciosos “pescadores” de muertos que se pasean entre la morgue y las funerarias del sector, se gana la vida como “preparador de cadáveres”.

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El trayecto entre la morgue del Instituto de Medicina Legal y la zona del Hospital Universitario de Cartagena parece una ciénaga sobre la que cuatro personajes silenciosos y mal trajeados navegan tratando siempre de pescar algún cadáver.

Desalojos: la tarea de Mendivil

Mendivil no sabe a ciencia cierta la razón por la cual lo enviaron, en varias ocasiones, y desde las 4:00 de la madrugada, a desalojar a más de 700 personas; sólo sabe que desde esa hora debía colocarse su uniforme antimotines, a fin de cumplir la diligencia lo más rápido posible.

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En sus más de diez años como agente de la Policía Nacional, Everardo Mendivil Acosta, ha participado en un sinnúmero de desalojos de terrenos invadidos en diferentes partes de Cartagena.
El más reciente fue en cercanías del barrio La Sierrita, unos terrenos que hace seis años el Gobierno Distrital ordenó desocupar, debido a la contaminación amenazante de unos recipientes de fungicidas, que una empresa algodonera había sepultado en dicho territorio.

La Roan, la esquina que se volvió marca

Nadie supo en qué momento lo que comenzó como una simple panadería se convirtió, con el paso del tiempo, en el punto caliente entre Blas de Lezo y El Socorro. Un punto de referencia, de obligada mención y de escogencia precisa para cualquier cita.

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“No me tomen fotos”, dice el hombre arrellanado detrás de un escritorio viejo y atiborrado de chécheres de las más diversas funciones.
Tiene el rostro reseco, el cabello salpicado de canas blancas y largas y los ojos enrojecidos por una conjuntivitis que los lentes de aumento no alcanzan a disimular.

La Candelaria de La Popa, una fiesta sin luz

El peregrinaje hacia La Popa no es sólo cuestión de fe por la Virgen de La Candelaria. Es también una romería de amantes de lo festivo.

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Los primeros desencantados con el peregrinar hacia el convento de La Popa —que el pasado fin de semana inició su marcha— son los vendedores de frutas.
Durante las primeras horas de la tarde del domingo articularon sus raquíticas mesas de palo, bajo las zarzas y los matarratones que sobresalen a lado y lado de la carretera hacia La Popa, pero el entusiasmo que les llenó el espíritu con la llegada de los caminantes, desde las horas del medio día, se fue reduciendo con las primeras penumbras de la noche.

Una trompeta rompe la tarde...

Gabriel Jiménez Murillo es un trompetista solitario, quien todas las tardes cumple una cita que nadie le ha impuesto en la Plaza de la Aduana. Sus acordes provocan una lluvia de monedas.

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A las cinco de la tarde, el sol que agoniza por los lados de la avenida Santander suele extender sus últimas luces como un par de tijeras anaranjadas a través de la Iglesia San Pedro Claver. Y se sostiene penosamente sobre una parte de la Plaza de la Aduana.
A esa hora, Gabriel, vestido de negro, vestido con chaqueta y corbata, vestido todo de blanco, vestido con blazer a cuadros, pero armado siempre con su trompeta, coloca en medio de la plaza una cajita blanca de madera en donde dice muy visiblemente: “colabore con el artista”.

*Eduardo Pereira: “El chofer es el ‘pagapatos’ del transporte urbano”

A las 12 del mediodía, cuando el sol atiza sus fogones con rigor, Pereira conduce lento desde el Muelle de los Pegasos, tratando de recoger el máximo número de pasajeros que no pudo desde comienzos del día.

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“Al perro más flaco se le pegan las pulgas”
Sancho Panza

“Por poco me lleva el diablo”: El Chino

Mucho antes de trabajar en la película Bandoleros, Wilman El Chino Restrepo fue un callejero del bajo mundo. Ahora es ejemplo entre los jóvenes del barrio Las Reinas.

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En Bandoleros, la película que un grupo de jóvenes del barrio Las Reinas rodó con escasos recursos técnicos y monetarios, Wilman Restrepo Taborda es el protagonista.
En el barrio le dicen “El Chino” o “El Chinaco”; y en el filme caracteriza a un ladronzuelo de poca monta, quien de un momento a otro alcanza “estatus” delincuencial al asociarse con un grupo de narcotraficantes que lo llena de dinero y fama, aunque posteriormente termina agujereado a balazos en una calle solitaria.

La ciénaga de Las Quintas, el quinto infierno

Relatan los viejos habitantes de Martínez Martelo que, en tiempos remotos, la ciénaga se alimentaba con aguas pluviales vertidas por caños naturales que fueron arrasados durante la construcción del mercado.

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El panorama no podría ser más desolador.
Bajo la lluvia de las 6:00 de la mañana, lo que queda de la ciénaga de Las Quintas se ve como un cementerio gris en el que sobrevuelan garzas, alcatraces y mariamulatas que parecen no tener destino.
Desde los predios del recién construido puente del Corredor de Carga, en donde quedaba el segundo tramo del barrio La Cuchilla, un bote de madera con motor fuera de borda, rompe la quietud del agua en dirección hacia las espaldas del Mercado de Bazurto.

El nombre de las flores

Hoy me enteré que en el día de todos los muertos el número de rezanderos se multiplica y, desde las puertas del cementerio, inauguran el día ofreciendo sus servicios a los dolientes que se dispersan en las distintas direcciones trazadas por la mala urbanización del campo santo.

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Hoy, por primera vez, he sabido que esas flores que la gente compra antes de entrar al cementerio se llaman pompones, clavellinas, claveles y astromelias.
Hoy me enteré que en el día de todos los muertos el número de rezanderos se multiplica y, desde las puertas del cementerio, inauguran el día ofreciendo sus servicios a los dolientes que se dispersan en las distintas direcciones trazadas por la mala urbanización del campo santo.

Celia, una vida entre el cemento y la cocina

En Ceballos nació Celia hace 32 años, y fue allí cuando desde los 13 comenzó a jugar en serio con el cemento, las palas, los palustres, las llanas y los niveles de los vecinos albañiles que desplazaron sus casas de madera por ladrillos y novedosas tejas de asbesto.

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Desde hace nueve años, los días de Celia Montenegro Ruiz son iguales de laboriosos, aunque en cualquiera de ellos se celebre el Día de la mujer. Y aunque desde las 5:00 de la mañana esté despierta, alcanzando a escuchar los radios de los vecinos sintonizando los noticieros, su hora de abandonar la cama es a las 6:00.
A esa hora apenas llega de la calle Alfonso, su esposo, un indio wayúu silencioso, tranquilo y pulcro, como puede notársele a simple vista, pero abotagado por el trasnocho y la obligación de estar ubicado en una sola parte: Alfonso es celador.

En El Arsenal, entre cangrejos y recuerdos

Dice que desde los diez años se acostumbró a ver la calle congestionada por automotores grandes y pequeños; carretas de madera tiradas por hombres o bestias, mujeres palenqueras, colmenas y fondas que subsistían sobre una alfombra de fango negro y entre los eternos olores emanados del agua podrida de la bahía.

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Bajo una lluvia fina y molestosa el cuidador de carros reconstruye con palabras las cosas que había en la calle mucho antes de que aparecieran los adoquines y el Centro de Convenciones, que pocas veces ha visitado.
Dice que desde los diez años se acostumbró a ver la calle congestionada por automotores grandes y pequeños; carretas de madera tiradas por hombres o bestias, mujeres palenqueras, colmenas y fondas que subsistían sobre una alfombra de fango negro y entre los eternos olores emanados del agua podrida de la bahía.

Fiesta y corraleja, la banda sonora de las fiestas novembrinas

Sobre la suerte de esa producción, una vez salió al mercado, existen versiones encontradas. Unas dicen que fue concebida como un homenaje a las corralejas taurinas que aún se celebran en municipios de la costa Caribe colombiana, otras que se hizo pensando en las fiestas de Cartagena y en los carnavales de Barranquilla.

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Más de 60 años de publicado cumplirá este año el trabajo discográfico “Fiesta y corraleja Vol.1” que grabó en los estudios Fuentes, de Cartagena, la agrupación “Pedro Laza y sus pelayeros”.
Sobre la suerte de esa producción, una vez salió al mercado, existen versiones encontradas. Unas dicen que fue concebida como un homenaje a las corralejas taurinas que aún se celebran en municipios de la costa Caribe colombiana, otras que se hizo pensando en las fiestas de Cartagena y en los carnavales de Barranquilla.

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Rubén Darío Álvarez es periodista de la Universidad Autónoma del Caribe, de Barranquilla y redactor de planta del diario El Universal. Ha publicado tres libros: “Noticias de un poco de gente que nadie conoce”, “Crónicas de la región más invisible” y “La fuga del esplendor: conversación con la música cartagenera de los años 80”. Es uno de los conductores del programa “Música del patio”, que se transmite todos los domingos por la emisora UDC Radio, 99.5 FM, de 8 a 10 de la mañana.