Cartagena de indias - Colombia
Sábado 23 Septiembre de 2017

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La marcha de los recuerdos

Había llegado el momento, empezaron a llamar uno por uno. Esperaba con mucha paciencia y añoraba confirmar que escucharía delicadamente, un nombre común y unos apellidos tan patrióticos como los míos. Pero, al instante que eso pasaba, el ritmo y el sonido de un tambor zumbaban en mis oídos, confirmando que si de alguna forma hubiese estado ahí, era hora de marchar.

No fue fácil vestirme esa mañana. Mis piernas temblaban al son de las vibraciones de varios platillos y aunque era día de celebrar y cada movimiento se unía a la orquesta de los sonidos naturales que el día me regalaba, yo no podía dejar de recordar el ritmo de las zancadas y los pasos que estructuraban aquellas marchas ejecutadas en días grises. Cuando terminé de vestirme, abrí la gaveta, saqué mi pequeño reloj de bolsillo que siempre iba conmigo y que a cada hora emitía un sonido como pajarito mañanero.

Cerré la puerta e instantáneamente algo que había olvidado, regresó; como cuando observas una pluma desvanecerse en el aire sin saber de dónde viene y te cuestionas por qué eres admirador de ese hecho, pues así mismo, recordé que mientras huía de una noche roja, me tropecé con aquel reloj gracias al grito de un niño que evitó que soltara el gatillo contra un hombre que se oponía ante nuestra marcha misantrópica. Nunca supe de quién era, pero fue el regalo que me dejó la guerra; un reloj que me avisaría toda mi vida el tiempo que había perdido en pasos que no volverían jamás.

Mientras caminaba, sabía que en el pasado había quedado la variedad de pasos que ejecutábamos en un mismo ritmo y sentir; los pasos cortos, los pasos largos, los pasos hacia atrás, los ordinarios, los dobles, los ligeros y los lentos, todos ellos guardados en un recuerdo que se asomaba para atormentar. No sabía si mis pasos eran felices o tristes, pero de lo que si estaba seguro, es que ahora mis pasos no se cuidaban de la perfección, ni de la firmeza.

Cuando entré al lugar de mí destino, no supe como relacionar que las filas ahora eran círculos, que ya no sería el líder de una marcha angustiosa, que ya no vería puntos rojos para derrotar, ni mucho menos una referencia para decidir a cuantos silenciar. Ahora mi arma era el tiempo presente y un libro que enumeraba en negrilla, distintas palabras acompañadas de dos puntos y de una explicación que trataba de contextualizar, lo llamaban diccionario, pero yo lo llamaba vida, pues ahí se escondían palabras de palabras, ahí estaba el resumen de cada concepto. Cada vez que lo abría veía una marcha de palabras por doquier; sus hojas tenían movimiento y su contenido un ritmo alfabético.

Mientras una marcha se formaba en mis pensamientos, en el momento más inesperado, una voz suave pero firme, pronunció el apellido de mi padre seguido del de mi madre. No soportaba pensar que mi nombre hacia parte de una lista y que nadie sabía que venía de una larga marcha, donde mis pasos cargaban con los recuerdos que fueron impuestos por decisiones irreversibles, tal vez no estaba preparado para dejar el horror o tal vez sí, solo consistía en enfrentar que todo había terminado.

Con una voz temblorosa respondí “¡Presente!” y en ese mismo instante el sonido del reloj me decía que eran las 7:00 am. Agaché mi cabeza y supe que era el final del pasado y de aquellas marchas de ataques que causaron miedo y muerte a miles de inocentes, era el fin de pasos y zancadas que a ritmo de instrumentos avisaban el horror, pues ahora comenzaba una nueva marcha llena de culpas y compasión.

Nunca olvidaré mi primer día de clases, pues ya viejo y con poco tiempo para aprender, me gustaba decir una palabra que el diccionario definía como el tiempo actual que se vive. Por eso, cada vez que decía “¡Presente!” acostumbraba ver el reloj y confirmar que las manecillas gritaban vida.

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Las palabras deambulan por el mundo, pero hay que ser muy astutos para atrapar aquellas que desnuden el alma de un escritor.